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Boletín ASOCEAN (No. 06 :: AGOSTO 2010)
Nemer Colaboración de Nemer E. Narchi.   [email]

Nemer E. Narchi obtuvo el título de Oceanólogo en 2004 en la Facultad de Ciencias Marinas de la UABC, por parte de la cual obtuvo también la Especialidad en Administración de Recursos Marinos en 2005. Actualmente es estudiante de doctorado en el Departamento de Antropología de la Universidad de Georgia y parte de la mesa directiva de la International Society for Ethnobiology.

Una Oceanografía Social

En todas las ocasiones en que se ha inventado y reinventado la geografía física en alguna modalidad la justificación es la misma, un sincero interés expansionista e imperialista, que en muchas de las ocasiones se simula en un interés científico. Ejemplos, los hay muchos, desde la expansión del imperio Macedonio de Alejandro Magno, hasta la "conquista" del Polo Norte por Peary, pasando por la expansión vikinga, el trazo de la ruta de la seda, las cruzadas y la carrera neo-imperialista por Africa, entre otros.

Con el reconocimiento de nuevas tierras, vienen el conocimiento de nuevos recursos y la geografía incorpora, por fuerza, teorías económicas como la neoclásica, preocupada por los métodos cuantitativos acerca de los recursos y la localización industrial.

El desarrollo de la Oceanografía no es una excepción, tanto es así, que la Oceanografía ve sus inicios modernos desde la proa de un buque de la armada real británica; el HMS Challenger.

Más aún, basta mencionar que la distribución de la obra seminal de Sverdrup y colaboradores "The Oceans: Their Physics, Chemistry and General Biology", publicada en medio de la segunda guerra mundial postergó su distribución debido a la importancia estratégica que su contenido albergaba. Sverdrup mismo ayudó a entrenar a los oficiales de la marina estadounidense durante la guerra.

Con la consumación de las ciencias pesqueras y su inclusión dentro de las ciencias marinas en 1871, se consolida una política imperialista y de expansión, la cual se hace patente al determinarse los límites de las zonas económicas exclusivas y mares territoriales. Tiempo después, son esas herramientas de las ciencias pesqueras y la Oceanografía biológica las armas discursivas con las que se plantean embargos económicos en contra de los productos pesqueros de países que "atenten" en contra de especies exóticas.

Lamentablemente, la epistemología, por ser producto de tiempos y escenarios específicos, importa hacia las ciencias; los discursos, doctrinas e idearios de esos tiempos y escenarios. Así, siendo la ciencia moderna consecuencia directa de la ilustración y la posterior era del colonialismo imperial, importa al plano intelectual y en nombre de la objetividad, las ideas de dominación y superioridad propias de la época... Solo hay un método científico válido, el positivista.

Hace 40 años, Thomas Kuhn revolucionaría el mundo de la ciencia al describir el proceso de generación del conocimiento científico como un proceso social. Una guerra de paradigmas en la que la popularidad y la diseminación de los mismos tiene mayor peso, que la validez de los argumentos. Hace 40 años y todavía no aprendemos...

Cada vez que menciono que según los Seris, las tortugas marinas pueden hibernar por largos tiempos en el fondo del mar, se me tilda de loco e ingenuo. Poco saben mis interlocutores que esas observaciones, emanadas de la cultura Seri, han sido corroboradas por Richard Felger y colaboradores y ocupan un lugar entre los anales de la revista Science Vol. 191, No. 4224, desde hace casi 35 años. Si, las tortugas duermen bajo el agua por varios meses y si, los Seris lo saben desde centurias atrás.

Los científicos, apelamos a la objetividad para legitimar nuestro conocimiento y empoderarlo como genuino y superior a otros métodos epistémicos para obtener conocimiento. En palabras de Bruno Latour, los científicos son los amos del mundo, pero únicamente si el mundo llega hasta ellos en forma de inscripciones bidimensionales, combinables y capaces de superponerse. En otras palabras, evocando a Hirshauer, si la selva virgen ha de transformarse en un laboratorio, es preciso prepararla para que pueda ser representada en forma de diagrama.

Esta desintegración del objeto real - en este caso el mar - y su posterior sublimación imperfecta, articulada en forma de ecuaciones, sistemas, diagramas de flujo y desviaciones estándar, es lo que pretendemos llamar objetividad, no teniendo en cuenta la fuente de los recursos económicos que guían las investigaciones, la inclinación política de los actores que las llevan a cabo o la preferencia gnóstica del investigador en jefe.

Por un lado, los científicos creemos que la elaboración de gráficas, la captura de datos en excel, la programación de códigos en matlab y la posterior estructuración de una presentación en power point, acompañada de sorprendente animación multimedia y engalanada por un lenguaje técnico y muchas veces tecnócrata, nos dará objetividad, cuando en realidad lo único que nos da es un discurso político que aplasta otros modelos de generación de conocimiento medioambiental.

Por otro lado, los científicos creemos que el conocimiento local, un conocimiento individual e íntimo de toponimias locales, genealogías y comportamientos, codificado en los nombres, historias, mitos, canciones, poemas, rituales, ceremonias y prácticas cotidianas de una cultura local, es un conocimiento vacío, una superstición. Hacemos esto creyendo que es falto de objetividad por ser transmitido por vía personal y no en una publicación arbitrada. Más aún, creemos que es falto de objetividad por ser un conocimiento oral cuya característica más notable es la carga emocional que para su poseedor representa. Una carga que lo conecta con sus ancestros, con su medio ambiente, y con los recursos existentes en este.

Argumentamos así, que lo emocional excluye a lo objetivo y no nos damos cuenta de que este conocimiento local es lo que ha garantizado por 200,000 años la supervivencia de nuestra especie. No hay más objetividad que la eficiencia en la praxis y me permito repetir una historia para ilustrar este argumento.

Dos ingenieros pesqueros deciden hacer su investigación de grado en una comunidad rural de pescadores. Al principio son bien recibidos, los pescadores están muy emocionados en ver que alguien "con estudios" se interesara por ellos, por sus estilos de vida y por mejorar su producción. Poco tiempo después, la situación se vuelve intolerable, pues los pescadores reciben, día con día, críticas acerca de sus métodos pesqueros, la manufactura de sus artes de pesca y hasta de la administración de sus familias.

En una salida a marea, los pescadores invitan a los jóvenes pasantes a participar de manera activa. A uno de ellos le toca recoger el chinchorro. Era demasiado lento y uno de los pangueros le dijo que lo iba a enredar. Acabada la subida, le pidieron que desenredara un pescado. Al momento de tocarlo, se desvaneció y pegó contra el fondo de fibra de vidrio de la lancha. Ahí lo dejaron hasta varar de nuevo. Cuando despertó, se acercó el capitán y le dijo: "Mira morro, lo que agarraste es un pez torpedo, te da una descarga como anguila y por más que lo hayas visto en los libros, se ve que nunca lo pudiste recordar. Eso te va a enseñar a no enseñarle a pescar a los pescadores..."

He oído esta historia apócrifa en multitud de lugares y escenarios. La he oído de catedráticos de la FCM, de pescadores en el Barril, Baja California, y de los Seris en Sonora. Independientemente del foro, la historia denuncia una guerra entre dos universos epistémicos. Aunado a esto, como muchas otras, la historia ilustra la gran carga de veracidad, utilidad y objetividad prácticas que el conocimiento local tiene.

Quisiera dar una idea de la enorme cantidad de datos, una cantidad abrumadora, que como Oceanólogos perdemos al desdeñar la importancia del conocimiento local.

Por principio, la humanidad ha navegado desde hace por lo menos 40,000 años, prueba de ese conocimiento marinero es la colonización de Australia. Colonización que se antoja imposible sin conocimientos marineros pues ninguna otra especie, desde que Oceanía es Oceanía, ha logrado cruzar la barrera biogeofísica conocida como la linea Walaceana.

Antes de navegar, es lógico pensar que sabíamos nadar y no resulta tan descabellado pensar que buceábamos. Después de todo, y no temiendo al pleonasmo, el ser humano anatómicamente moderno ha tenido las mismas características físicas durante toda su existencia.

Los récords vigentes para el buceo de apnea en sus dos modalidades son 171 metros para profundidad y 8:58 minutos en cuanto a duración. Umberto Pelizzari, el actual poseedor, es sorprendente, simplemente sorprendente. Estas marcas, sin duda, resultan inalcanzables para el ser humano promedio. Sin embargo, gracias a la respuesta de buceo, un gatillo fisiológico que se activa en la mayoría de los mamíferos al mojarnos la cara, los seres humanos en relativamente buena condición física, sin importar que carezcan de entrenamiento especializado, pueden -teóricamente- alcanzar profundidades de entre 40 y 65 metros en una sola apnea.

Y así lo hemos hecho a lo largo de la historia. El primer registro escrito del buceo de apnea data de 4,500 a.C., y en el, se relata cómo es que los griegos usaban el buceo como un medio para suministrar a sus comunidades conchas, alimentos y perlas. Alrededor de 1,194 a.C., el buceo se torna beligerante. Al utilizarse escuadrones de buzos de apnea para sabotear los barcos durante las guerras de Troya. Cerca del 460 a.C., Heródoto fue objeto de burla por parte de Aristóteles, al describir las inmersiones de Scyllis, un marinero fenicio que fácilmente podía sumergirse a profundidades de 60 metros. En el año 332, durante el asedio de Tiro, Alejandro Magno ordenó a un escuadrón de sus soldados llevar a cabo una misión de demolición submarina, en la que utilizaron una campana de buceo llamada Colimphax. Por último el buceo en apnea se ha practicado en Persia, India, Corea y Japón, por lo menos durante 2,000 años.

Hoy en día, la importancia que el buceo en apnea representa para nuestra especie sigue haciéndose patente en la economía de pueblos amerindios como los Kuna, en Panamá, quienes regularmente extraen la langosta en buceo libre con inmersiones que no superan los 20 metros. En igual modo, pero en escalas más grandes, la pesquería de langosta en apnea, alcanza en Brasil y Venezuela, rendimientos de 108.3 y 63.7 kg de langosta/km2 respectivamente. Por último, la pesquería de langosta en el sur de Chile, realizada exclusivamente con buceo en apnea, produjo, según datos de 2003, un rendimiento de más de 200 toneladas al año.

Resulta lógico pensar que en los 200,000 años de historia humana y en todas las regiones costeras en que ésta se ha sucedido, ha sido necesario para los seres humanos entender la Biología, Toxicología y Ecología de los recursos que pretendían extraer. Así también, seguro, fueron necesarios conocimientos meteorológicos y oceanográficos para navegar, sea hasta los recursos biológicos o hasta nuevas tierras.

El acercarse a este conocimiento resulta útil para un sinfín de aspectos. El valor prima facie de las etnociencias, i.e., la Etnoecología, la Etnobiología, la Etnometeorología y la Etnotalasología, entre otras, tiene importancia: a) epistemológica, al esquematizar como se produce el conocimiento, b) filosófica, al describir como se percibe la realidad y c)cognoscitiva, al descubrir los patrones universales con los que el ser humano ordena esa realidad.

Más allá de estos beneficios meta-teóricos, la Oceanografía debería sentirse atraída hacia estos temas por todo lo que ellos pueden aportar a su corpus de conocimiento en cuestión de Ecología, Geografía y Taxonomía. Sobre todo, debemos acercarnos a este conocimiento por su pragmática aportación al manejo y conservación de los recursos bióticos.

Hace 20 años, James McGoodwin, impactó la atmósfera de las ciencias pesqueras al presentar su libro "Crisis in the World Fisheries". La visión de dicho libro, examina de manera crítica el manejo y planeación de las pesquerías en términos económicos, culturales y políticos. McGoodwin concluye que el único modo de regular la crisis del colapso pesquero no es, sino situando las necesidades socio-económicas de los pescadores como un tema prioritario a la hora de evaluar, plantear y/o reformular las políticas pesqueras.

La síntesis de McGoodwin, si bien sólida y arrojada, no es la primer aproximación social hacia temas de esa índole. En 1983 se publicó el libro "Los pescadores de Baja California" escrito por Victoria Chenaut. El libro, una de las pocas etnografías de los pescadores en el país, describe de manera muy amena y detallada las técnicas de captura, el modo de vida y las interpretaciónes del medio natural que los diversos grupos de pescadores, de la península, desde ribereños hasta industriales, poseen.

El análisis de "Los pescadores de Baja California" con sus metodologías y temáticas resulta harto innovador y por demás, útil. En este análisis se recorre la historia pesquera de Baja California desde sus inicios, dejando ver por qué nace la industria, quien la forja y de quienes depende. Más aún, hace un profundo análisis social, económico y político del modo en que viven los sectores fundamentales de la industria pesquera bajacaliforniana: el pescador, el procesador, el enlatador y sus respectivas familias, a la par de las jerarquías dentro de la flota pesquera, las cooperativas y las empresas del sector privado.

Victoria Chenaut, a quien agradezco infinitamente el haber intercambiado impresiones acerca de su investigación, nos hace ver que aquellas políticas públicas y medidas gubernamentales que no partan de un conocimiento profundo de las dinámicas regionales y que no sean conscientes de las diversas necesidades, demandas y realidades de las distintas pesquerías y los distintos pescadores, tendrán un impacto negativo en la producción pesquera.

En este sentido, los comentarios de la Dra Chenaut, recalcan que las políticas públicas en torno a la pesca son, muchas de las veces, diseñadas en escritorios ocupados por gente que nunca ha hablado con un pescador y piensa no necesitar hablar con el nunca. Ello nos recuerda la historia de los pescadores, los técnicos pesqueros y el pez torpedo.

Llama la atención que a pesar de estar impulsada por la Secretaría de Pesca, ni la investigación, ni la investigadora, tuvieron un intercambio formal con la FCM-UABC. Llama también la atención que después de 30 años y en un ambiente en donde "crisis pesquera" se haya convertido en un binomio repetido hasta el hartazgo, ninguno de los 40 Oceanólogos a quienes pregunté, hayan siquiera, oído mencionar la investigación de la Dra. Chenaut. Caso que resulta particularmente reprobable si pensamos en que es, hasta la fecha, la única etnografía de los pescadores de Baja California.

Los Oceanólogos podríamos ignorar este llamado, dejando estos temas al alcance de los científicos sociales, quienes en sus aburridos y verborreícos marcos teóricos podrían deducir la epistemología, la filosofía y los patrones cognoscitivos del conocimiento marino y marinero.

Sin embargo, apelo aquí a la historia y recalco que en el siglo de Perícles, en el Periodo Clásico del Islam, el Renacimiento o la Ilustración, el conocimiento ha revolucionado gracias al aplomo de aquellos que rompieron los marcos teóricos imperantes en su momento.

Es probable que las comunidades locales no lo sepan todo con respecto a los recursos bióticos, a la ecología o a la geografía del lugar que habitan. Lo cierto es que nosotros, los Oceanólogos, tampoco. Por ello, debemos darnos cuenta de lo mucho que se beneficiarían nuestras bases de datos. El conocimiento local ofrece series de tiempo que se remontan a toda una vida y que recogen datos las 24 horas. También es importante subrayar la vital importancia de la que goza la inclusión de este conocimiento en cuestion de autonomía, justicia alimentaria, equidad social e inclusión.

Es tiempo de abandonar los convencionalismos impuestos e impositivos del positivismo colonial. Es tiempo de ver que necesitamos una Oceanografía Social.

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